Jueves. Universidad Central de Venezuela. 6:30 P.M.
Te conocí un sábado, 2 marcaba el calendario. Por ironía, te di un último beso el 3, como si en el reloj hubieran transcurrido apenas veinticuatro horas. Poco tiempo como para que me dolieras, pensaba, pero al salir del edificio con tu perfume en mi nariz, y la garganta a punto de deshacerse, entendí que a ambos nos dolía.
Había pasado el tiempo, la última vez que nos vimos supe que no volvería a escucharte, tomar tu mano, ni recostarme en tu pecho. Jamás volvería a besarte.
Había una parte de mí que sabía todo esto, le daba igual.
Hoy esto lo escribe la parte a la que no le das igual.
La parte que te está siguiendo por los jardines universitarios mientras cae el sol y llovizna, llovizna engañosa, como todo el clima en Caracas.
Me ordenaste seguirte, y apresuraste el paso cuando comenzó a llover. No me creía lo que estaba pasando, habías regresado.
Ensimismado en mí, disfrutaba la lluvia, frialdad contra la piel que me ardía de vergüenza, o de alegría, o de deseo. Sobre mi piel una chaqueta que absorbía toda el agua.
Giraste, iba detrás de ti. Mi cabello estaba empapado, todo tú estabas empapado. Otros dos giros, pasando la Biblioteca Central, luego ese círculo verde en medio del asfalto en Plaza Venezuela, corrí un poco para posicionarme a tu lado, toqué tu brazo un instante, momentos después te detuviste.
El sol pintaba todo el escenario de naranja. Los atardeceres como a mí me gustan.
Tú al frente de mí, totalmente mojado.
Yo sonriéndote como siempre.
Tú más guapo, yo igual de desastroso.
- ¿Qué dijiste?
- Por qué no llamaste.
- Ha pasado tiempo, ¿para qué iba a llamarte?
- Me has visto por allí, sabías que estaba de regreso, y no se te ocurrió entrar en contacto. Intereses.
Antes de continuar, por impulso, por probar terreno, porque me preocupabas, que sé yo, limpié con mis mangas una parte de tu rostro mojado por la lluvia.
- Muy predecible.
Dijiste mientras tomabas la tela de mi camisa y terminabas de secarte el resto de la lluvia. Acaricié tu mejilla.
- ¿A mi casa?
- Sí.
Me tomaste la mano. Pregunté si estabas seguro de lo que hacías.
- ¿Importa? Tengo tiempo libre.
Se sentía como la primera vez que caminamos tomados de las manos. Me gustaba tu calor.
Fue cuestión de minutos llegar a tu casa, la vista era perfecta, toda Caracas desde tu ventana.
Apreciamos la vista mudos. Hasta que me abrazaste. Y el contacto fue liberador.
- ¿Lo intentamos?
Habíamos dejado algo por hacer la última vez. Me besaste, y te respondí el beso. En tu cara se reflejó una pregunta.
- He estado practicando.
- Sí, pero este lo guío yo.
Profundizamos el beso -si es que un beso puede tener fondo-. Te acariciaba, cada sensación no podía ser de este mundo.
No lo era.
Desperté con la sensación de tus labios fresca sobre mi piel. La cara ardiendo de vergüenza. Lágrimas en los ojos que no quería tener, y un vacío en el estómago.
Estaba quebrándome cinco días después de. Estaba molesto.
Estaba extrañándote.
Estaba despierto.
R.