jueves, 30 de mayo de 2019

Una escena

Digresión  

Aquel sueño era recurrente. Una noche de insomnio y aparecía, no había falla. Mi hermana se encontraba en un lugar cambiante que era siempre el mismo, una plaza, una playa, un barrio de la ciudad, el metro. 

Esa tarde había tenido suerte, la camioneta se encontraba casi vacía, lo suficiente para encontrar un puesto cerca de la ventana y encarar la ciudad y sus ruinas. Entre las escenas verdes habían pinceladas de barro, bloques y zincs, las de concreto eran fotografías con una escala de grises, esculturas de basura y arlequines. 

Solo el sol opacaba el reflejo de los techos plateados, tan similar y distinto al sol de nuestra infancia. Los restos de hollín proveniente de los automóviles parecían haber formado una película sobre toda superficie a su alcance, todas las calles, paredes, construcciones y edificios parecían sumergidos en una solución gomosa. La inmundicia finalmente se había levantado, abrazando los rayos del sol. Hecho sucio amante todavía nos regalaba pinceladas naranjas, turquesas y moradas que refrescaban el concreto. 

Agradecía por la luz que me quemaba la piel gentilmente, solo el calor me ataba a esta ciudad, mi mente aún se encontraba sedada por el sueño. 

La vibración del asiento y el movimiento cantaban una canción de cuna que se veía interrumpida por varios baches del camino. Un vistazo a los pasajeros por costumbre, palmear los bolsillos solo para asegurar el pasaje y chequear el reloj de plástico que no tenía baterías, esa era el tic nervioso que se adquiría en esta ciudad, porque hay que estar pilas, porque hay que llegar temprano para evitar la cola. 

Treinta minutos después de detenerse a recoger pasajeros, doñas, caballeros y boletas finalmente desciendo por la puerta que ya está repleta. Camino por los mismos sitios que siempre he caminado, los transexuales de la plaza me piden efectivo con voces lascivamente abandonadas, los motorizados me ofrecen una carrera con sus chalecos naranjas, el vendedor ambulante me tiende caramelos. 

Todos hablan en la misma lengua que he aprendido en mi barrio, lengua que se aleja, que se dobla cada vez que intento asirla, lengua que es mía y no es mía, lengua de mis padres y mis hermanos, de mis amigos. 

Ya llegué, atrasado, sonriente. A donde también hablan con una lengua que es mía y que no es mía y que se ensucia con otros tipos de polvos, lengua que detesta al sol y le rehuye. Lengua que las lenguas de mi barrio odian por amanerada, lengua que se parte en cientos de nombres. 

Rehago el sueño una vez más. 

-R.

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