jueves, 19 de abril de 2018

Positivación











La lucecita del pasillo titilaba, titilaba muy lentamente, muy, pero muy lentamente. Titilaba desde la rejilla inferior de la puerta. Ella era solo el resquicio de un reflejo que se perdía en múltiples direcciones. Su fragmentación. Era repetitiva, como los parpadeos de toda la habitación. Era repetitiva como su fragmentación. Repetitiva como el resquicio de un reflejo que se perdía en múltiples direcciones. Las paredes, por su lado, mullían el eufémico silencio de la oscuridad, mientras la pequeña y singular ventana, de la izquierda, despreciaba a la misteriosa brisa, con un particular silbido. Las paredes, tenues, acentuaban lo que era inacentuable durante el día, y perturbaban las sinuosidades, inherentes a los senoides. Nada más obvio que ello, nada más tautológico que aquella lucecita. Mis manos acariciaban cada tecla como si de un pecho se tratase. Como si del pecho de él... se tratase. Sus líneas eran octométricas, piruménicas, bitriandales. Me encantaba delinearlas con mis sonidos. Eran mis líneas. Mías. Los polvorientos techos eran la zona que, después de tantos polvos, siempre quedaba inexplorada, y me hacía sentir que todavía tenía un quefacer. Era yo una virgen tan insatisfacible que al mismo tiempo tenía miedo de ser satishecha. El techo entonces, allí: bajo mi falda, reflejado en mis manantiales; después de todo me quería comer el suelo. La seductiva calma gris que guiñaba los ojos por los ventanales de atrás, guarecía la sonrisa esquimal de mis sudores. La humedad sofocaba. Todo, absolutamente todo, fasta aquel instante en el que me timbré, como si el aula estuviese despierta, como si las horas habían concordado en ser inversas. Como si era tiempo del como si.

Un tacón y dos vinieron, interrumpiendo todo el oleaje titilante. Intermitente como ella, pero exhausta no. Intémpere y atémpore, vigilante por la locomoción, por la acentuación del segundo. Parecía ser todo parfait: un Mississippi, dos Mississippi, tres Mississippi. Podría ser eterno, pero todo subjuntivo eventualmente muere. Y murió con el morir de la lucecita. La sombra era mi nuevo norte: la magneticidad del Sur había desaparecido. Salvajes y atorrantes gemidos venían desde los ventanales. La rejilla temblaba de miedo, y la singular ventana de la izquierda despreciaba a la brisa con un particular silbido. No se trata de la conjugación unitaria: o la fisión atómica como diría el pizarrón, se trata de una queja, de una profanación nefanda que raya en lo insconsciente. Pero no hay parpadeos. El parpadeo siempre indica el despertar. La iris renunciando a las miodesopsias, el pestañal gimiendo y la retina retumbando. No: no había. ¿Y el manantial? La llave se cerró a sí misma, el ego, y abrió al otro, el alium. Torque, momentum. No facía halta facer cálculos: había miles de latidos ya calculando. Multiplicándose, dividiéndose. La mitad del indicativo (contrario al subjuntivo) me lo perdí, por andar centellando mis ojos. La luz verde de pronto se volvió gatsbiana. Era gigantesca y lejana. No titilaba, rotaba. Torque, momentum inercial. Nada centrípeta, toda centrífuga. La rejilla había muerto, el aura sombría del porvenir se acercaba. Cada tacón era distinto, y al ser dos, eran los mismos. Un paso, otro paso. Era una línea recta como cualquier otra. Ya no lucía tan parfait su caminar. La inervación de mis terminaciones fue in crecendo hasta ese límite tan conocido por nosotros. Nominada defecto por miedo, o por defecto. Estallé en vida, sintiéndome demasiado cerca de la muerte. Se puso frente a mí, con sus dos enormes piernas, sus dos enormes tacones. Abrió sus piernas en mi mente, pero cerró la toga fuera de ella. Una media vuelta y se sentó, en mi sitio, pero no sobre mí. La luz se prendió y, como revelación, ya no había nada de lo que había habido: el negativo.








krissem

martes, 17 de abril de 2018

Diario, #59









Iba camino al trabajo y mé pescó la lluvia, mientras caminaba y cada gota tocaba y se resbalaba por mi piel pensaba de alguna manera que en maracay también llovía y que quizás esas gotas también podrían tocarla sentí una conexión ilógica entre mi deseo desesperado por saber de ella y sonrei como una niña saltando charcos, llegué goteando, mi ropa estaba totalmente empapada, mé vi al espejo, estaba desaliñada y sencilla y de pronto su nombre escapó de mis labios en un suspiro leve acompañado de un susurrado te amo. Un par de gotas cayeron adicionalmente pero estas eran distintas, eran saladas, fue justo allí donde mé di cuenta que mi llanto se había mezclado con la lluvia en todo el camino y no mé fije porque inconscientemente sólo al verme al espejo descubrí la tristeza que denotaba mi rostro y los enrojecido que estaban mis ojos, hice un esfuerzo miserable por sonreír como todos mis pateticos días pero fue en vano y seguí con la débil esperanza de que al terminar el día podría saber algo de ella.







sombra







jueves, 12 de abril de 2018

La isla que se hundió.









No hay príncipe egeo
destruyeron mi casa
comieron mi hacienda
ultrajaron a mi madre.
Los reyes lejanos
no me invitaron a sus festines
los dioses no velaron mi partida
ni mi regreso.

No hay rey egeo
no murió
a los pies de la muralla de Ilión.
No náufrago
bajo las piedras del cíclope.
Se convirtió en cerdo
bajo el hechizo
de la dulce  muerte
se convirtió en chorizo.

No hay Penélope
esposa de un cerdo
te fuiste con Eumeno.
En la cabaña mísera
se comieron a Argos
y follaron en una cama
hecha de madera de Olivo.






Alex~

jueves, 5 de abril de 2018

El abordaje









A las manos que llenan este espacio vacío


     La oficina y los segundos. Tic tac, como un disparo en la sien. El calor sofocante, el ventilador oscilando entre las paredes secas de tanto sudar, y ese zumbido característico de las mentes cansadas. El reloj marcaba la hora, pero te costaba levantarte del asiento. Cerraste los documentos, vagaste un rato por el feisbuc... Nada interesante. No podías aplazar más lo inaplazable.

     En la calle te aferraste al maletín, como quien coge del brazo a un buen amigo, a un amante. El espacio hostil se movía a tu alrededor y tú permanecías estático, avanzando sin avanzar, en la catábasis cotidiana. El bulevar y sus sonidos triviales —tribales— conocidos, como tatuados en el tímpano; sus olores revoloteando en la billetera: los golfeados que no comprarías, el cigarro que intentabas dejar. La torre dominando la escena: el tiempo, el tiempo, el maldito tiempo.

     Abajo, la muchedumbre se movía como un río, como un cuerpo. Te quedaste por un segundo allí, perplejo, ante la baranda, sopesando el horror del campo de batalla. Parecías un ángel bajo la luz agonizante, escasa. Suspiraste, te oí por un segundo y creo que fui el único que pudo. Te vi parpadear dos, tres veces, y bajar las escaleras con la espalda erguida, con el rostro impasible. Te vi aceptar lo inaceptable.

     Te formaste en una formación informe. Y los niños chillaban tanto como los rieles. Sopló una brisa apocalíptica, como anunciando el caos, exhalando el miasma en la atmósfera. Las puertas se abrieron de par en par. Cediste a la presión, a las manos apretando tu cuerpo contra otro y otro cuerpo. El maletín temblaba como una pluma mecida por el viento. Pero este viento era de carne y hueso. De brazos y piernas y plexos solares. El cuero del maletín retumbó sonoro en el andén. Y desapareció entre manos y mentes ajenas. Lo viste alejarse con el dinero de los cigarros clandestinos y los golfeados premiadores. Tu cuerpo se anexaba a la masa, caía como en una configuración absoluta, predestinada. Ángulos encajándose en ángulos. Tal vez era mejor así: no había allí espacio para otra cosa que no fuera hombres.

     Te sostuviste allí, como rezando, con las dos manos rodeando con fuerza aquel arcaduz central, que crecía como una estaca atravesando la maquinaria. La presión continuaba, de un lado y de otro. Los gritos, las peleas, los cuidaoqueaquíhayunaniñas. Tan solo escuchabas los llantos de la pequeña, oculta bajo un mar de cabezas, de rostros negros, blancos, brillantes, vacíos. Y tu cuerpo frágil en el medio. Entre una pugna eterna, irresoluble. Y tu cuerpo frágil en el medio. Sentiste algo crujir, bajo tu pecho, entre tus costillas. Te sentiste desvanecer, sentiste el sudor espeso abandonando a raudales tu cuerpo. Y dolía, dolía muchísimo. Pero lo habías aceptado y no había vuelta atrás... ni adelante, ni a los lados. Un perenne estancamiento. Y tu cuerpo frágil en el medio.

     Cerraste los ojos un momento, dejaste de pelear. Pronto y paulatinamente te convenciste de que aquel incomprensible mar de carne no te oprimía: te sostenía. Así, te dejaste llevar. Esta vez gozaste, casi con un placer cínico, de la proximidad, de los toqueteos fortuitos o intencionales, de la respiración seductora en tu oído. Fuiste de ellos, de todos, por un segundo. Fuiste pueblo.

     Sumido en tu éxtasis epifánico no te diste cuenta de lo que decía el operador. Oíste, como palabras pronunciadas por un fantasma, tren, falla, servicio comercial... Y con el mismo aire fantasmagórico, las piernas a tu alrededor descendieron una a una del tren, de vuelta al perpetuo andén. Pero no tú. Te quedaste allí, como petrificado alrededor del poste. La presión se alejaba de tu cuerpo, liberaba tus hombros, tus costillas. Lágrimas densas se acumularon en tus ojos, en tus mejillas. No quisiste bajar la vista, pero advertías cercano el olor de la sangre. El charco escarlata se extendía bajo tus pies, como un vestido de rosas. Volviste tu mirada hacia la puerta. Tus ojos imploraban algo que allí ya no había. Te sentiste, por un segundo, indefenso, engañado. Pero realmente era tu culpa. Lo sabías muy en el fondo. De repente, la fuerza en tus manos ya no fue suficiente. Caíste al piso con un estrépito resonante; tus huesos traqueteando bajo la tela, brazos y piernas contorsionándose en inquietante desorden. Viste las luces del vagón apagarse. Y tu cuerpo frágil en el medio.



     Las puertas se cerraron de par en par.








Luz

miércoles, 4 de abril de 2018

Epístola #34: epílogo










Miércoles.

Desperté, otro dia, otra oportunidad para revolcarme en este charco de ruinas e intentos fallidos, otro momento para seguir recordando, seguir afirmando que mi vida está llena de huecos e inestabilidad, como podría brindar amor si mi amor propio se encuentra en camino y con retraso, seguramente en la via ocurrió un accidente y se encuentra atascado en el mismo o quizás no viene porque no quiere llegar a mi, ¿cómo saberlo? Lágrimas, otra vez lágrimas no se cansan de salir a pasear, quieren mojar todos los días las esquinas de mis ojos, quieren ser tocadas por mis labios, quiero hacer un intento de sentirme bien, quiero levantar la frente, ver hacia adelante, dedicar una sonrisa al mundo y decirle "nos has podido vencerme hijo de puta" pero ¿a quién engaño?, falta más voluntad, falta más que eso, mucho más, y no lo encuentro, estoy buscando el momento perfecto y es como buscar una aguja en un pajar, como intentar encontrar calma en este abismo, caigo, recaigo, no logro levantarme, en cada intento termino chocando más fuerte con el suelo, decaigo otra vez solo para recordar que las acciones inútiles no tienen efecto alguno en la realidad pero, ¿cuál realidad? ¿Estás seguro de que realmente vivimos? ¿Y si solo somos piezas de un juego de algún otro ser extraño que domina nuestras vidas y por esa razón las cosas nunca pasan como queremos? ¿y si todo fuese mentira? Una farsa, blasfemia ¿como te sentirías? Te llenas de esa gran decepción que ahora yo siento, que ahora yo vivo, ¿como ignorar estas cosas? Dime que por favor esto sirve de algo, dime que seran escuchados estos gritos de auxilio asfixiados entre estas letras, hazle saber al mundo cuando yo ya no esté, que hubo una persona que creía ser dominada por otra fuerza y que pensaba que la vida era una mentira en su totalidad, que al mirar al cielo y recordar estas letras razonen y puedan llegar más al fondo de mis inconclusas conclusiones.



sombra





Sociedad unida de Babiecos









Ayer, muy sorprendido, me enteré del inminente colapso de la sociedad. Así es, no hay forma alguna de escapar a la destrucción, empezará por el absoluto abandono del cultivo y los trabajos en fabricas, y el abandono de todos los rubros y sectores del mercado. Ante la falta de fuerza obrera en general, la falta de comida en los anaqueles destruirá la vida como la conocemos, porque tampoco se harán nuevos descubrimientos o nuevas técnicas que puedan remplazar la mano de obra. Cada hombre, mujer y niño empezara a morir de inanición en su propia casa, frente a su computadora.

Este panorama devastador no es causado por un virus, un cambio climático o invasión de ningún tipo. Sera únicamente causada por una generación de Babiecos: hombres y mujeres incapaces de trabajar, de decidir o ser útiles en forma alguna; a excepción de unas pocas linternas que brillan en la oscuridad y a la vieja usanza trabajan, incluso con las uñas, hasta el cansancio; no parece haber forma de escapar del fin, los días estan contados Temed.

Los que crean que en las salas de chat o las redes sociales se habla únicamente de tonterías propias de la edad de estas generaciones están muy errados, detrás de cada meme, de cada video viral y de cada trending topic se oculta la idea de un suicidio masivo, más allá de colectivo ¡mundial! Organizado por mi propia generación y en aras de la pereza y nada más. Tan terrible es esta desidia que ni siquiera tiene como motivo un fin ecologista, de protesta o de ningún tipo, solo somos tan inútiles que causaremos el colapso total de la sociedad.

Las generaciones anteriores están en pánico, piensan en que tendrán que reconstruir nuevamente la civilización, ¿pero con qué fuerzas? Se preguntan, si ellos han trabajado toda su vida para poder mantenerse y a esta nueva e inútil generación. Además, el tiempo que les tomó crear esta generación de Babiecos sería perdido; por otra parte como son ellos los que nos han criado, y creado, temen un nuevo fracaso.

Afortunamente acostumbrados a luchar contra todo tipo de adversidades este contratiempo está muy lejos de desanimarlos y están dispuestos a ser la ultima generación en llevar el nombre de humanidad, estos señores y señoras valientemente se disponen a ser los últimos humanos en la tierra, puesto que después de la caída de la civilización como la crearon ellos (que ha demostrado ser mucho mejor que la de sus padres, que erradamente criticaron su magnifico progreso y la abolicion de los métodos arcaicos y las ideas obsoletas) no hay manera pues de que pueda sobrevivir la humanidad, los más conscientes admiten que es su culpa haber perfeccionado la sociedad al punto que solo queda su inminente destrucción, los más críticos reconocen que la nueva generación carece de la fuerza y el espíritu de lucha para seguir luchando por las injusticias que aún prevalecen y contra las que ellos solos y sin ayuda combaten.







Alex~

martes, 3 de abril de 2018

Ridículo












A él se le llama como si se tratara de mi o de ti
En personal(?)
Ni-
No
como... tomarlo personal (?)
Ni
No
Como si fuese mío
Perdón,
Disculpe
Permisito
Lo siento,
(Corrijo)
En primera persona
Con eme al final.

Llamarle suena como música
como la mejor mezcla de  un buen diyey
o como algo que sabe muy bien
Sólo que con -ye- en vez de eñe-


A él se le llama y acude cómo cuando llamas al canino más dulce
Como lo suave que queda la piel después del talco y el perfume
-no hay excusas para huir
ya que ni su olor se esfuma-

A él se le llama como si se tratara de ti o de mi
aunque con eme al final
como la más clara onomatopeya musical
como todo lo absurdamente redundante.

Es ridículo, lo sé
 lo absurdo que suena llamarlo
hasta que me veo llamándolo y sintiendo que tengo lejísimo lo dulce
 y llenísimas  de azúcar todas mis bocas cuando pronuncio
apenas
el principio de su nombre.




~Limonea












Virgen impoluta del silencio







Por las ramas
caen los frutos
de tus colmenas,
colmada sed
e inerte soledad.

Es él un centro que no
soy yo
porque mi derecha mejilla
es el centro
campista de tus campos.

Ya no eres la virgen impoluta
del silencio
eres más bien la antonímica
divinidad.

Destrúyeme
pero no abandones
tu centro.

No soy tan egoísta.





krissem