La lucecita del pasillo titilaba, titilaba muy lentamente, muy, pero muy lentamente. Titilaba desde la rejilla inferior de la puerta. Ella era solo el resquicio de un reflejo que se perdía en múltiples direcciones. Su fragmentación. Era repetitiva, como los parpadeos de toda la habitación. Era repetitiva como su fragmentación. Repetitiva como el resquicio de un reflejo que se perdía en múltiples direcciones. Las paredes, por su lado, mullían el eufémico silencio de la oscuridad, mientras la pequeña y singular ventana, de la izquierda, despreciaba a la misteriosa brisa, con un particular silbido. Las paredes, tenues, acentuaban lo que era inacentuable durante el día, y perturbaban las sinuosidades, inherentes a los senoides. Nada más obvio que ello, nada más tautológico que aquella lucecita. Mis manos acariciaban cada tecla como si de un pecho se tratase. Como si del pecho de él... se tratase. Sus líneas eran octométricas, piruménicas, bitriandales. Me encantaba delinearlas con mis sonidos. Eran mis líneas. Mías. Los polvorientos techos eran la zona que, después de tantos polvos, siempre quedaba inexplorada, y me hacía sentir que todavía tenía un quefacer. Era yo una virgen tan insatisfacible que al mismo tiempo tenía miedo de ser satishecha. El techo entonces, allí: bajo mi falda, reflejado en mis manantiales; después de todo me quería comer el suelo. La seductiva calma gris que guiñaba los ojos por los ventanales de atrás, guarecía la sonrisa esquimal de mis sudores. La humedad sofocaba. Todo, absolutamente todo, fasta aquel instante en el que me timbré, como si el aula estuviese despierta, como si las horas habían concordado en ser inversas. Como si era tiempo del como si.
Un tacón y dos vinieron, interrumpiendo todo el oleaje titilante. Intermitente como ella, pero exhausta no. Intémpere y atémpore, vigilante por la locomoción, por la acentuación del segundo. Parecía ser todo parfait: un Mississippi, dos Mississippi, tres Mississippi. Podría ser eterno, pero todo subjuntivo eventualmente muere. Y murió con el morir de la lucecita. La sombra era mi nuevo norte: la magneticidad del Sur había desaparecido. Salvajes y atorrantes gemidos venían desde los ventanales. La rejilla temblaba de miedo, y la singular ventana de la izquierda despreciaba a la brisa con un particular silbido. No se trata de la conjugación unitaria: o la fisión atómica como diría el pizarrón, se trata de una queja, de una profanación nefanda que raya en lo insconsciente. Pero no hay parpadeos. El parpadeo siempre indica el despertar. La iris renunciando a las miodesopsias, el pestañal gimiendo y la retina retumbando. No: no había. ¿Y el manantial? La llave se cerró a sí misma, el ego, y abrió al otro, el alium. Torque, momentum. No facía halta facer cálculos: había miles de latidos ya calculando. Multiplicándose, dividiéndose. La mitad del indicativo (contrario al subjuntivo) me lo perdí, por andar centellando mis ojos. La luz verde de pronto se volvió gatsbiana. Era gigantesca y lejana. No titilaba, rotaba. Torque, momentum inercial. Nada centrípeta, toda centrífuga. La rejilla había muerto, el aura sombría del porvenir se acercaba. Cada tacón era distinto, y al ser dos, eran los mismos. Un paso, otro paso. Era una línea recta como cualquier otra. Ya no lucía tan parfait su caminar. La inervación de mis terminaciones fue in crecendo hasta ese límite tan conocido por nosotros. Nominada defecto por miedo, o por defecto. Estallé en vida, sintiéndome demasiado cerca de la muerte. Se puso frente a mí, con sus dos enormes piernas, sus dos enormes tacones. Abrió sus piernas en mi mente, pero cerró la toga fuera de ella. Una media vuelta y se sentó, en mi sitio, pero no sobre mí. La luz se prendió y, como revelación, ya no había nada de lo que había habido: el negativo.
krissem