A las manos que llenan este espacio vacío
La oficina y los segundos. Tic tac, como un disparo en la sien. El calor sofocante, el ventilador oscilando entre las paredes secas de tanto sudar, y ese zumbido característico de las mentes cansadas. El reloj marcaba la hora, pero te costaba levantarte del asiento. Cerraste los documentos, vagaste un rato por el feisbuc... Nada interesante. No podías aplazar más lo inaplazable.
En la calle te aferraste al maletín, como quien coge del brazo a un buen amigo, a un amante. El espacio hostil se movía a tu alrededor y tú permanecías estático, avanzando sin avanzar, en la catábasis cotidiana. El bulevar y sus sonidos triviales —tribales— conocidos, como tatuados en el tímpano; sus olores revoloteando en la billetera: los golfeados que no comprarías, el cigarro que intentabas dejar. La torre dominando la escena: el tiempo, el tiempo, el maldito tiempo.
Abajo, la muchedumbre se movía como un río, como un cuerpo. Te quedaste por un segundo allí, perplejo, ante la baranda, sopesando el horror del campo de batalla. Parecías un ángel bajo la luz agonizante, escasa. Suspiraste, te oí por un segundo y creo que fui el único que pudo. Te vi parpadear dos, tres veces, y bajar las escaleras con la espalda erguida, con el rostro impasible. Te vi aceptar lo inaceptable.
Te formaste en una formación informe. Y los niños chillaban tanto como los rieles. Sopló una brisa apocalíptica, como anunciando el caos, exhalando el miasma en la atmósfera. Las puertas se abrieron de par en par. Cediste a la presión, a las manos apretando tu cuerpo contra otro y otro cuerpo. El maletín temblaba como una pluma mecida por el viento. Pero este viento era de carne y hueso. De brazos y piernas y plexos solares. El cuero del maletín retumbó sonoro en el andén. Y desapareció entre manos y mentes ajenas. Lo viste alejarse con el dinero de los cigarros clandestinos y los golfeados premiadores. Tu cuerpo se anexaba a la masa, caía como en una configuración absoluta, predestinada. Ángulos encajándose en ángulos. Tal vez era mejor así: no había allí espacio para otra cosa que no fuera hombres.
Te sostuviste allí, como rezando, con las dos manos rodeando con fuerza aquel arcaduz central, que crecía como una estaca atravesando la maquinaria. La presión continuaba, de un lado y de otro. Los gritos, las peleas, los cuidaoqueaquíhayunaniñas. Tan solo escuchabas los llantos de la pequeña, oculta bajo un mar de cabezas, de rostros negros, blancos, brillantes, vacíos. Y tu cuerpo frágil en el medio. Entre una pugna eterna, irresoluble. Y tu cuerpo frágil en el medio. Sentiste algo crujir, bajo tu pecho, entre tus costillas. Te sentiste desvanecer, sentiste el sudor espeso abandonando a raudales tu cuerpo. Y dolía, dolía muchísimo. Pero lo habías aceptado y no había vuelta atrás... ni adelante, ni a los lados. Un perenne estancamiento. Y tu cuerpo frágil en el medio.
Cerraste los ojos un momento, dejaste de pelear. Pronto y paulatinamente te convenciste de que aquel incomprensible mar de carne no te oprimía: te sostenía. Así, te dejaste llevar. Esta vez gozaste, casi con un placer cínico, de la proximidad, de los toqueteos fortuitos o intencionales, de la respiración seductora en tu oído. Fuiste de ellos, de todos, por un segundo. Fuiste pueblo.
Sumido en tu éxtasis epifánico no te diste cuenta de lo que decía el operador. Oíste, como palabras pronunciadas por un fantasma, tren, falla, servicio comercial... Y con el mismo aire fantasmagórico, las piernas a tu alrededor descendieron una a una del tren, de vuelta al perpetuo andén. Pero no tú. Te quedaste allí, como petrificado alrededor del poste. La presión se alejaba de tu cuerpo, liberaba tus hombros, tus costillas. Lágrimas densas se acumularon en tus ojos, en tus mejillas. No quisiste bajar la vista, pero advertías cercano el olor de la sangre. El charco escarlata se extendía bajo tus pies, como un vestido de rosas. Volviste tu mirada hacia la puerta. Tus ojos imploraban algo que allí ya no había. Te sentiste, por un segundo, indefenso, engañado. Pero realmente era tu culpa. Lo sabías muy en el fondo. De repente, la fuerza en tus manos ya no fue suficiente. Caíste al piso con un estrépito resonante; tus huesos traqueteando bajo la tela, brazos y piernas contorsionándose en inquietante desorden. Viste las luces del vagón apagarse. Y tu cuerpo frágil en el medio.
Las puertas se cerraron de par en par.
Luz
Demonios!!!!
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